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Habitarás la Casa

"Provincia"- Colección de Poesía-CLIII, Instituto Leonés de Cultura, Diputación Provincial de León, 2013 (XIX edición del Premio Bienal de Poesía, Provincia de León, 2012).

Reseña del libro por Pedro Felipe Granados

La belleza, que existe tanto fuera como dentro de nosotros, tiene continuidad en el espacio que acotan las palabras. ¿Cómo podríamos acceder a ella sin la siembra que las palabras llevan a cabo de sus ámbitos sensoriales, su existencia real y sus perfiles íntimos? Habitarás la casa, poemario de Reinaldo Jiménez, ganador de la Bienal de Poesía Provincia de León 2012, es un libro en el que se funden la celebración de la existencia con la reflexión sobre el hombre y su pertenencia, más allá de lo estaríamos dispuestos a aceptar, a la naturaleza. Somos, en ella, una continuidad que ni siquiera es capaz de romper la propia muerte. El poeta nos ve, no como eslabones sueltos de un proceso ciego sino como seres que forman parte de un todo y a los que la naturaleza ha dotado de vida, una vida que perdura en la memoria personal cuando no se renuncia a lo vivido ni a la huella que nos dejaron los antepasados. El primero de los cuatro espacios poéticos del libro, Modulaciones, se abre con un poema de acendrado afecto al padre, un gesto de gratitud por la enseñanza recibida de que ser uno con la tierra es una certidumbre de la que florecen la alegría y la celebración de la vida; canto que no excluye un leve recuerdo de melancolía por el padre, que enseñó al poeta a llegar por sí mismo y con certeza a ese andén de la vida en el que «ha florecido / la crédula corola / de algunas certidumbres: / el vínculo que une seres en la pureza».

Un andén en el que rememora algunas de las raíces de su ser: la paz de las faenas campestres (nuevas Geórgicas de acendrada belleza), el ritual repetido de la poda que el poeta convierte en una ceremonia casi mística en la que el resplandor de las hogueras es una ofrenda a lo alto (sea lo que sea lo que habite en las alturas), al tiempo que una indagación de luz en las galerías subterráneas de la materia púlvida que nos sostiene y nos mantiene vivos.

Las siguientes partes del libro: Contemplaciones, Percepciones y Habitarás la casa desarrollan un itinerario personal en el que el poeta parece decirnos que somos tierra, y en esta evidencia comprendemos que ella no nos pertenece sino que nosotros pertenecemos a ella. Un panteísmo de raíces espirituales preside este libro desde el primer poema, y en ese espíritu van desfilando paisajes vividos, como el valle, que no es propiamente una contemplación sino un trozo de vida que habita al autor y hace florecer en sus adentros «una savia fluvial (que) en ti se multiplica». Rescata para la belleza de la palabra y la meditación los «mástiles» del ágave, tan del sur, tan enhiestos, tan en contacto con las alturas que en su contemplación los ve como una conexión del cielo y de la tierra, como «ese nervio que uniera lo alto y lo profundo». Y Lucía, su hija, le hace percibir que los pequeños objetos sin historia son otro mundo que sólo pueden ver los ojos de ella y que por eso tienen una existencia digna de respeto, tanto que al guardarlos en el bolsillo «reviven como brasas». Lucía, que le hace entender la alegría: «un mar de luz rompiendo sobre el pecho» y que es capaz de inaugurar de nuevo el mundo, como si fuera el primer día de la creación en que «todo aún estuviera por ser / y por nombrarse».

Hace mucho tiempo que no leía unos versos tan profundos, tan auténticos, tan en la verdad de lo que somos, versos desprendidos de los perifollos con que se adornan las dudas y la indagación sobre lo esencial humano, la tradición adquirida y soportada en las espaldas y la cultura que se ha ido depositando como un limo empobrecedor sobre lo que podríamos ser sin las ataduras y marcas predecibles con que el tiempo y la historia nos visten.

Versos que aplicados a la hermosa tarea de adelgazar el espíritu de las palabras vienen a dar en una suerte de poesía mística sobre la naturaleza y el hombre y aportan, entre las angustias que zarandean la meditación sobre el ser, un rayo de fortaleza y esperanza porque «Sabe quien puede oír la música del mundo / que a fuerza de morir todo persiste».

 

SELECCIÓN DE POEMAS DE HABITARÁS LA CASA

TIERRA

Miro, no al cielo, padre,
sino a la tierra miro.

Pues fue más poderosa,
lejos de las palabras, la enseñanza
sencilla de tu gesto.

Abrió sus oquedades un cielo insuficiente,
en él sólo crecieron apenas conjeturas,
plomo de la carencia. Sin embargo,
al tiempo ha florecido
la crédula corola
de algunas certidumbres:

el vínculo que une seres en la pureza.

Sostenías la tierra en un conocimiento
vedado a las palabras,
labrabas con amor
y en tu entregado afán eras la tierra.

Es fanal esa imagen y se hace vigorosa
y pecho adentro se abre en surcos de alegría
hasta hacerme de tierra entre la tierra.

Qué plenitud ahora, padre,
que el miedo languidece.

LA QUEMA

Van quemando los hombres
las ramas tras la poda
que clausura el invierno.
A los soles de marzo las hogueras
ascienden vertebrales
para luego diluirse.

Mas no hay pugna, parece
que una luz alveolar las respirara,
que ofrenda fueran
de lo que se consuma,
o que al aire volviera aquello
que es del aire;

porque a la vez en haces esa luz
se sumerge, penetra
en las arterias de la tierra, abre
las galerías de lo subterráneo.

Sin darse cuenta el hombre
habita ese recinto primigenio
en el cual se transmutan
la luz y la materia.

EL VALLE

Es el valle hacia ti
lo que se adentra. Nada
resulta entre sus lindes fugitivo,
porque no hay en él tiempo,
sino espacio
en cuya tregua fluye
con mansedumbre el agua.

Y nada dice el río de la muerte.

Ya respiras un fuego de llamas vegetales
que colma la arbolada frescura de tu pecho.

Al sentirte abolido de destino
hundes hondas raíces en tu nueva morada
y una savia fluvial en ti se multiplica.


REGRESIÓN

Un ir desaprendiendo hasta sentir
la comunión del mundo.

Pero no contemplar, sí completarse,
-¬quien contempla se excluye y gana altura-
ni dar a la razón su hielo hirviente.

Respirar en la luz, y que circule
el mosto primordial de los orígenes.
Entregarse a la diosa
de las fecundidades.

Y que al tocar el cuerpo
de nuevo el cuerpo sea
un palpitante barro.

 

 


LA ARAÑA

Haber ido aceptando entre los seres,
entre todas las cosas, un lugar,
la ocupación sencilla, humildemente
un don entre los semejantes;

saberse en ese fuego y no temer,
como el ave no teme ni la flor porque habitan
en su propio misterio
y no prenden en ellos las interrogaciones,
no ha sido suficiente.

De improviso en la noche, a contraluz
de la ventana, el laberinto
que ha tejido una araña
me ha hecho temer la muerte,
perder la aceptación del ciclo natural
de los aconteceres.

Y no era la impiedad tramada entre lo oscuro
del monstruo devorando
los pequeños insectos, ni siquiera
la metáfora misma lo que en verdad temí.

Fue a la araña que hila
en la propia conciencia esa red, la que impide
habitar el misterio.

ARTE

Más allá de ese barro
primario, de la brújula
de la carne incendiada
sin tiempo a sus confines;

más allá todavía
de las contemplaciones,
de ese limbo en que alza
himnos el hombre, ahuyenta
el miedo, o en que esplende
en pura gratitud;

allende la intemperie
que teje la razón, o la abertura
arbórea de la fe
que da su fruto frente a los abismos,

hay un espacio en el que se penetra
sin causa alguna, sin porqué ni origen:
es territorio de lo impronunciable,
de la callada música,
el de un fulgor oscuro.

Es para muchos la región vedada,
y el que la logra sabe que nunca allí se llega.

FRENTE A LA CHIMENEA

Estoy mirando el tronco
de este noble olivo
que aún en su muerte se resiste
al fuego.

Son los almendros ya cenizas,
las olorosas vides. No acometen
las llamas la madera: es un lenguaje
de lumbres minerales, la condición del árbol
alzado lentamente a fuerza
de soles y de lluvias y de tiempo
frente a este fuego único.

Por momentos es roca, materia primigenia
hacia su origen de energía oscura.

Sólo en mí que contemplo
con ufana conciencia va decantando el poso
de este tronco vencido: puedo oír un rumor
de inorgánicas savias, el batir
incesante en las hojas de la luz
mientras se quiebra en brasas.

También habrá de arder en este fuego mío.
Allí logrará el fin de sus cenizas puras.

CONTEMPLACIÓN

En nada semejante a lo que pacifica
cuando todo es materia,
lava del pensamiento.

Ni piedad, ni perdón, ni belleza oferente,
ni el resplandor acaso de una justicia última
nos dice este paisaje con su magnificencia.

Todo va en su fluir
un agua limpia adentro,
no se estanca en nosotros
cuanto se desconoce.

AVISPAS

La casa, como el árbol,
que nos creciera dentro no se habita.
Invocamos su ser, el puro símbolo,
el ascua umbilical
que no se extingue nunca.

Contra esa casa nada puede el rigor del tiempo.
Allí intactas resuenan las voces de la infancia.
En ella no claudican
el abrazo ni el gesto de severa bondad
que nos hizo más hombres.

Sólo
otro símbolo logra amenazar la casa,
infundir en nosotros
la intemperie.

En la mía han entrado las avispas.
Tras el umbral emanan de los muros.
Con tozudez pretenden ir por la transparencia
de los cristales, otras
han muerto en telarañas urdidas en los vanos.

No consigo entender
qué habrán de arrebatarme, pero duele
que al matarlas irrumpan
dentro del corazón.

ÁRBOLES

Los troncos que mis manos en su afán
por descubrir el mundo acariciaron
siendo niño han crecido conmigo piel adentro.

Las resecas cortezas de las vides, las formas
impensables en los lechosos troncos
de la higuera, la arisca
robustez con que alzaban
los viejos algarrobos
su inmensa fortaleza,
esa sabia quietud
que había en los olivos,
la espinosa dulzura
de los azahares o la agreste
beldad de los granados.

No las retiene mi memoria, sino
mi piel que guarda su relieve inverso.

Cuánto de lo vivido se acomoda
en esa nervadura. Cómo
pude intuir que el mundo estaba
sobre la piel, escrito, de esos árboles.


PERCEPCIONES

Entiendo que las cosas, hija mía,
conforman un espacio convenido,
son una resonancia, los fragmentos,
el límite impreciso donde irrumpen,
proliferan, estallan, se disuelven
en hordas sucesivas los espacios.

Lo sé porque a menudo
vas cogiendo pequeños testimonios
de ese mundo que sólo tus ojos pueden ver,
y llenas mis bolsillos de hojas secas,
bayas, piedras, objetos
en los que nunca hubiera osado reparar.

Entonces sobrevuela mi razón
regiones en que todo languidece,
anuda el corazón raíces
al aire,
porque ya no hay escalas, porque
son territorios cancelados.

Como un vigía en vilo
permanezco custodio del legado,
por si fueran las llaves o la orilla,
restos de la volada
frontera, pasadizos.

Aunque nada consigo, me sostiene
el empeño sentirlas de repente inflamarse,
notarlas en mis manos
como si fueran brasas.

LUCÍA

Yo vivo en el asombro desde que tú has llegado.
No porque no supiera de cuanto nos sucede,
sino porque he aprendido a verlo de otro modo.

He dicho algunas veces: crecer es irse haciendo
más pequeño, mas no, no es esto lo que digo
que tú desencadenas. Desde
que tú llegaste entiendo la alegría,
un mar de luz rompiendo sobre el pecho.

Sé que cuanto descubres inaugura el prodigio
y agradezco saber que en mis certezas
apenas hallas tú el frágil envoltorio,
como si todo aún estuviera por ser
y por nombrarse.



LA ALEGRÍA

Como el dolor,
que se hace perdurable,
que así también se muestre la alegría.
Que el tiempo en que percuta
se dilate, porque de igual materia,
en suma, se edifican el dolor
y el canto.

Que se abra en claridades
ese instante, que no decline
su licuado fulgor en el oscuro cáliz
de las invocaciones.

Al igual que el dolor,
que siempre nos reclama, arrecie
en nuestro pecho el flujo rutilante
de cuanto fue gozoso y pose
allí su tenaz limo transparente.

No importe ya el azar, la circunstancia,
o que cobre el olvido sus tributos,
para adquirir al fin convencimiento
de haber sido unos hombres más felices.

LA PAZ QUE NECESITES

Necesitan los hombres para la fe sus formas.
Cada símbolo asiente a su costumbre y es,
en suma, gratitud, ofrenda humilde. Pero,
¿qué magia obra en los lugares
donde el hombre levanta la torre de su fe?
Una ermita alojada en el claro de un bosque,
una cueva en la hoz de un rio que discurre
por un valle profundo, un árbol, una era.
Aun sin fe encontrarás allí
la paz que necesites. Notarás
que vierte sobre ti el mundo su oración.



LA INFANCIA

Ocupa la conciencia el hueco de la pérdida,
por eso sé que habitas un lugar
ya para mí vedado, y aunque a veces
al brocal de ese reino arroje mi impostura,
por no acatar del todo la plenitud huida,
se deshace en la bruma de las inquisiciones.
Con dolor he aceptado ¬¬-aceptando el dolor-,
y a la orilla, en las lindes de ese espacio
he dispuesto mi casa, al lado de la tuya.
Me conformo si llega envuelta en tu alegría
una brisa muy leve, un olor,
una incólume luz.

EL SILENCIO Y EL ECO

Te dirá más el eco
que la propia campana. Él abrirá las flores
cerradas en tu pecho, como horada
en los campos quietud y lejanía,
o el metal consumado de los atardeceres.
De igual modo el silencio
que cierra las palabras
rasga un eco en que vibran
los cristales del mundo.
Con lo que en él recojas
edifica el tañido,
con dignidad de nuevo,
la palabra.


HABITARÁS LA CASA

Abre la puerta, que campeen los aires
por las estancias de la casa, deja
que incinere la luz la levadura
de tus miedos. Derriba los tejados,
que te empape la lluvia. Abate
las paredes, que el río de la vida
arrastre tu costumbre. Abraza
la intemperie, la vastedad del mundo.
En su vigor renacerás.
Estarás fuera o dentro.
Ya no importa:
Habitarás la casa.

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