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Paisajes sobre el agua

 

Paisajes sobre el agua, Ed. Agua Clara, Colección Anaquel de poesía, Alicante, 2003

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De vez en cuando uno se encuentra con poemarios que le devuelven la esperanza en el lenguaje poético y en la profundidad de su limpieza. Este libro del granadino Reinaldo Jiménez abre el apetito e invita a conocer el resto de sus obras seguro de declararse devoto de una expresión tan sincera, tan desnuda y tan significativa. El magma léxico de sus poemas resulta abiertamente diáfano, pues toma la palabra de la naturaleza, del mar, del río, de las aves y de los árboles; todo habla en sus poemas como una voz que fluye y recupera, de manera especular, lo vivido. Aunque se trate de un espejo de memoria. El agua y lo que en ella se refleja es tomado por Reinaldo Jiménez como una metáfora que alberga el sentido de lo que sucedió, como un registro de acciones, de impresiones y de voluntades, como un cuaderno de bitácora que en cada una de sus páginas conservara escrita el acta de una vivencia. Con ello, Reinaldo Jiménez recupera una cita de Alessandro Baricco que abre el poemario y que antecede al primer poema que es también una poética y un avance de lo que nos espera, el camino rehilvanado por un sujeto poético que encuentra un lugar para mirarse y comprenderse: «Mira un hombre / paisajes de su vida sobre el agua» Aunque no siempre «sobre»; también dentro, y, por supuesto, como fruto del agua, como lo son las piedras que arroja el mar, pulidas por la experiencia del viaje entre olas, «lo mismo que la piedra: memoria de la mar / quizá seamos». Los poemas se concentran en momentos muy puntuales y es a partir de la observación de donde crece el diálogo con lo acaecido. De un instante de observación, de visión, surge el «prodigio», «el milagro, su eternidad, la vida», que lo inunda todo de luz, de plenitud solar, del vaivén nutricio de las aguas. Hay así mismo una fijación en el paso del tiempo que se delata en la plenitud del verano, en la llegada del otoño, o en los meses: marzo, noviembre, etcétera. Y se asiste a la sensación de que las variaciones de la luz pintan el mensaje de presagios. La luz, tanto si está presente como si se declara su ausencia «con su pesada sombra / de saurio entre las cosas», es algo más que un marco, pues dota al mensaje de virtualidad simbólica, de una plurisignificación que alimenta el verdadero peso sustancial del poema. Y de igual modo ocurre con el vuelo de las aves que marcan la flecha del destino, de los proyectos, de los deseos y de las vivencias. Como también con los árboles, las plantas, todo aquello que vive gracias al agua y en ella deja su impronta. Paisajes sobre el agua es sin duda un libro altamente recomendable.


Pasqual Mas

 

 

Poemas del Libro

 

PAISAJES SOBRE EL AGUA

 

Transparencia del mar en la bocana,

el viejo maderamen. Se deshace

la luz sobre los mástiles. Un vaho

de salitre. Contempla

la mañana (es temprano, a lo lejos, muy pronto

arderá el sol sobre las casas blancas)

un hombre que no cree merecer el prodigio

de ese instante. Tiembla,

rompe sus ojos contra el fondo verde

que en otro tiempo creyera impenetrable

y siente hermoso el día y el silencio

es una plenitud que contuviera

en su pecho un fulgor irrepetible.

Se oyen voces lejanas. Mira un hombre

paisajes de su vida sobre el agua.

Vuelan unas gaviotas.

Asciende la mañana.

 

 

 

LA HOJA

 

No soy más que esta hoja

del otoño que cae y en su vuelo me ofrece

su ingrávida belleza que conduce a un abismo

que a mis ojos es sólo.

Reconozco el instante de su errar

en el aire: ese viento invisible que a veces

en silencio la aquieta y en la tarde le otorga

su levedad más pura; o violento dispersa

su indolente temblor.

Ella es ritmo del aire en su no ser

bogando hacia el lugar

que mis miedos abisman y me hacen

aún más triste que ella

y vulnerable.

 

 

 

LOS AMANTES

 

Cómo podrá perderse en el confín

del tiempo este momento,

contra qué oscuridad se romperá

su luz, qué lejanía

lo borrará por siempre y de qué modo.

Ahora estás desnuda y en el cuarto

en penumbra tu cuerpo desbarata las sombras.

Quizá un dios nos contemple

desde su cima umbría que se haga de la luz

que del amor nos roba y en su fe

aguardemos acaso esa limosna amarga

de este instante que huye:

haber sido dichosos en el amor del otro.

Qué esta lumbre de ahora en su ser

permanezca. Qué solamente sea

ofrenda nuestra carne para su eterno fuego

y que esta luz se salve

de su impiedad oscura.

 

 

 

ENSEÑANZA

 

Cuántas veces me salva tu sencilla

enseñanza; ese don

que a los ojos de aquel niño no fuera

sino sólo una forma de descubrir el mundo

y en su amor ha crecido como un himno

luminoso en su noche.

Por que sé que buscabas al horadar la tierra

más allá de la tierra una verdad más honda

y contigo me supe ir haciendo pequeño

bajo el cielo encendido de noviembre.

Todo aquello me salva, padre, en mis horas más tristes:

saberme necesario como el pobre gusano

que horadaba la tierra o sentir que los astros

en su arder no me ignoran y es su luz

una ofrenda para el frío del hombre.

 

 

 

NOSTALGIA

 

Lento el mar le devuelve una imagen

de entonces. Lo contempla:

se conmueve al mirar su lámina irisada

desde una cima donde rompe su oro la tarde

en añiles que hieren ya su fe insuficiente.

Es la imagen de un hombre que en otra tarde mira

con el miedo de ahora esa grandeza. Está solo.

En sus alas aún puras hace el viento su oficio

porque el hombre franquee el umbral de su miedo.

Ahora vuelve a mirarlo con las alas más rotas,

y en la imagen del otro reconoce el engaño,

la reiterada trampa ineludible

que el destino le tiende.

Sabe que ha de partir para llegar de nuevo,

que nada le redime, que sólo su quietud

es el naufragio.

 


EL SUEÑO

 

A media noche abría las puertas de una casa

y penetraba en una sucesión

de idénticas estancias. Advertía

presencias invisibles y era terrible el miedo.

Más tarde convocaba mi sueño otros fantasmas,

máscaras, voces, sombras detrás de cada puerta.

Yo crucé aquella casa, a solas, muchas noches,

sus estancias siniestras... Y es ahora,

al cabo de los años cuando vuelven,

revelación acaso, los signos de aquel sueño:

entiendo que la casa que con temor cruzaba

era mi propia vida y que aquellos fantasmas

de la niñez son hoy estos que con asombro miran

los muros de mi casa, la tenue luz que pongo

a su menor descuido, la música, las flores

que mitigan mi miedo.

 


LEGADO

 

Nada puedo ofrecerte que te ayude

a vivir. Ni siquiera estas palabras de ahora

que se irán apagando en su afán contra el tiempo

y que a mí solamente al pronunciarlas salvan

de no estar tan perdido.

Que te acompañe siempre la luz que hay en las cosas

y que sepas en una flor o un ave

resolver la más honda tristeza de tus dudas.

Que no empañen los hombres tu don de la alegría

y el confín más lejano que tus ojos

contemplen sea la inmensa planicie de unas manos

que te amen. Que ese dios al que alces en la noche

tu plegaria te sea humanamente bueno

y en la impiedad del mundo no naufrague

tu amor. Que no te asombres si al ir creciendo te haces

cada vez más pequeño: es el milagro

que no alcanzo a explicarte y te deseo.

 


LA VIDA

 

Mírala sin tristeza.

Está escrita en el agua y se te otorga

esa dicha final de contemplarla.

Esa imagen que brota de la hondura

es tu imagen, aunque te cueste a veces

reconocerte en ella.

Sé que todo es extraño y sé que al tiempo

de mirarla también se desvanece.

No pongas vano empeño en retenerla.

Fluye, como el mar fluye, y te devuelve

en tu mirada todas las miradas

de aquellos que una vez

te precedieron y que hoy

se resumen en ti.

Otra tarde vendrán,

al transcurrir del tiempo, otros ojos y en ellos,

desde dentro del agua te verás reflejado.

Mírala sin tristeza,

y pon flores que viajen más allá

de la sombra.

 

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